Es cierto que Marilyn Monroe al final me da la sensación de representar siempre el mismo papel, aquel que protagonizó toda su vida. El de una mujer exageradamente preciosa, tomada por muy muy tonta, pero en realidad es inteligente e ingeniosa.
La suya es una mente femenina sin duda, de esas que con triquiñuelas sutiles e inesperadas logran conducir al más firme y férreo regente renegado del amor.
“El principe y la Corista” tiene una prosa mordaz que recuerda a la visión particular que destilaba en sus guiones Billy Wilder acerca de la democracia. Sin embargo la historia es de Terence Rattigan y esta genialmente dirigida por Laurence Olivier, el mismo que da vida al estricto mandatario.