Para mí siempre hay algo especial en el blanco y negro. Un encanto atemporal que me recuerda a tiempos en los que la imagen cinematográfica era siempre el vehículo para narrar una historia. Cuando la explosión aparecía como culmen de una secuencia bien construida, y no era una forma de distracción ante la vacuidad de todo lo demás.
Hay algo mágico en aquellas películas. Michel Hazanavicus, el director de este film inesperado, lo sabe, y hace uso de ello.
Mediante la ausencia de palabras las imágenes se procesan con detalles más vivos y ello provoca que evoques un poco de “Cantando bajo la lluvia”, “Ciudadano Kane” o “El Crepúsculo de los Dioses”.